Pasaron algunas semanas y las imágenes acabaron por ser familiares. La vida en Guelatao y los pueblos contiguos parecía tener su justa dimensión y no me hacían extrañar, a veces, los pisos de losa o concreto, o la idea de un puente vehicular; tampoco me surgía la necesidad de comparar la realidad de la pantalla con la mía, y la acepté como un paralelismo. El concepto "pobreza" rondaba y demandaba reinterpretación.
Cuando hubimos terminado el documental, desde Guadalajara viajamos a la Sierra Norte de Oaxaca para presentarlo frente a quienes lo hicieron posible, los personajes. Al llegar a Guelatao, estacioné el automóvil al final de una corta calle, donde iniciaba un camino pequeñito cuesta arriba -apenas unos 10 metros- hasta la casa donde viven los papás de Luna. Entré y observé desde los ventanales de la casa, que mis antecedentes de concreto y metales etiquetaron como "cabaña", esa bugambilia con el justo filo de luz y la montaña al fondo, ligeramente borrosa por la bruma. Cuando me dirigí al "patio trasero" de la casa, encontré una laguna verdadera, cuidada y exhibida con orgullo durante generaciones. Le dije a Luna: "vives en un parque".
Unos días antes de la presentación conocí a los que el trabajo en el documental me hace llamar personajes. Eran chaparritos y reales. Como los personajes no son montañas ni flores de bugambilia, entendí, durante el poco tiempo que pude observarlos, que la intimidad que esas personas compartieron frente a cámara es preciosa y que no cualquiera puede lograrla.
Llegado el sábado de gloria y con él, la presentación del documental (audazmente enmarcado en un "festival gloria"), esperamos el tiempo extra que el sacerdote decidió tomarse, para que los habitantes llenaran la sala audiovisual de Guelatao.
Poco a poco, fueron apareciendo los demás rostros familiares de las imágenes.
El documental comenzó y, conforme avanzaba, las risas iban saliendo con más soltura. A veces surgían por una puntada de los personajes en las entrevistas, y otras simplemente porque alguien se reconocía en la pantalla. Presumo que pocas veces la rutina diaria, el mercado y el camión de la basura, son dignos de observación o de mención para los habitantes de la Sierra Norte, y de pronto una película les muestra que, por alguna razón, son importantes, junto con las reflexiones que sus vecinas hacen sobre el amor o las aspiraciones no logradas. El documental seguía avanzando y la hazaña de verse aparecer dejó de serlo, y la voz del documental resonó en la sala, cada vez más fuerte, hasta el final.
Tres presentadores expresaron brevemente sus opiniones sobre el trabajo y felicitaron a la realizadora, y después parecía que la presentación sería una de tantas en las que la gente mira la película, se guarda sus impresiones -buenas o malas- para sí, y luego se levanta y se va. Así pareció durante los primeros minutos en que se invitaba a los asistentes a participar con algún comentario (una invitación que casi siempre es pura cortesía), hasta que una primera voz, el padrino orgulloso de la directora, agradeció elocuentemente el trabajo y felicitó a Luna y a sus padres con una emotividad grande y compresible, por ser cercano a la familia. El siguiente en comentar no era de la familia pero parecía igual de conmovido. Lo mismo sucedió con uno o dos más, y luego vino Michel, un personaje -una joven de unos 16 años-, que le habló directamente a Luna con una claridad y profundidad que ponían en duda su edad. Michel dijo a Luna que había visto directamente al alma de cada una de ellas y que había logrado capturarla, y observó -con toda razón- que ése es un don poco frecuente.
Después de Michel, que en mi recuerdo aparece como un clímax, el resto se dibuja como un breve y emotivo final: Luna lloraba silenciosamente, su papá se había levantado para evitar hacer lo mismo en público, su mamá la miraba desde un costado del salón con una expresión a la que "orgullosa" queda corta, y yo me sentía feliz de estar ahí, viéndolo todo. De manera intuitiva -una confirmación del talento de Luna-, se le ocurrió entregar las copias del documental en DVD ahí mismo, a cada uno de los personajes, lo que propició las últimas frases que cada uno compartió públicamente, ya con un ambiente inundado de confianza. No todos tomaron el micrófono con facilidad, pero al final lo hicieron: Lucía trató de ocultar su emoción pidiendo disculpas por su falta de tiempo para recibir a Luna en días anteriores, y empezó a sollozar luego, cuando la palabra "infancia" se coló en su discurso; quiso ocultar su cara detrás del micrófono pero no le alcanzó, entonces se refugió en el hombro de Luna. Ofelia agradeció que la hubieran sacado de la cocina para decir lo que piensa y siente. Lucila, la mayor y más risueña de todas, después de mucha vacilación, cantó el himno con el que concluye el documental.
Viéndolo en retrospectiva, ni la película más cursi hubiera podido igualar aquella escena. Pero todo era real y todos parecían conmovidos... O todos los presentes tendemos a la cursilería. De alguna forma, la esperanza y optimismo con que está cargado ese documental, logró contagiar a los asistentes, que al menos en ese momento y para ojos de un observador ajeno, se sintieron alegres y respetados, pero sobre todo, se sintieron andar sobre el camino correcto hacia el futuro.
He visto en los rostros de otros espectadores de este documental y escuchado en sus opiniones, ya lejos de Guelatao, un entusiasmo similar. ¿Será que todos mis conocidos son cursis o será que la Sierra Norte tiene algo, y que Luna sabe lo que es?
Texto: Sofía Gómez Córdova





Fotografía: Lucía Gómez Córdova
23 de abril 2011
3 comentarios:
Me encantó leer, no me encantó perderme ese viaje y el conocer "tu casa". Ya quiero ver ese documental.
Caro
He visto hermosas fotografias de mujeres hermosas, que provocan y llevan a cabo cosas buenas, particularmente la primera que se titula luna, tomada por Gòmez C. La cronica de un "dibujo de la sierra norte en el tiempo", es realidad de una bella descripcion de la naturaleza aderezada con un deseo legitimo de conservar un entorno de las tradiciones regionales. Para deleite de todos, y satisfacer esas ganas avidas de cultura que brillan con fervor magmàtico
Me hubiera encantado estar ahí, Luna. Y estuve y estaré y etc. Te abrazo, morra.
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